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Diario · 26 de septiembre de 2026

El arte es esencial

El arte es esencial para la vida humana. Es una afirmación atrevida, pero, en mi opinión, fácil de defender. Al fin y al cabo, ¿puedes nombrar alguna sociedad humana, presente o pasada, que no haya producido arte en alguna de sus muchas formas: pintura, escultura, danza, música, literatura, el arte de contar historias?

La mente humana parece tener una necesidad, casi una compulsión, por el arte. Sin duda, así lo siento yo. Y no hablo solo de hacer arte, sino de contemplarlo, de tener arte en casa, colgado en las paredes o expuesto sobre mesas y otros muebles. En casa estoy rodeado de arte. Me empeño en ello. No puedo imaginar mi vida sin las pinturas, esculturas y fotografías que he coleccionado a lo largo de los años. Sin los miles de libros que he leído o las películas y obras de teatro que he visto. Mientras escribo esto, escucho una música magnífica (Joep Beving, si tanto te interesa: me lo dio a conocer una pintora a la que conocí hace poco, Fátima Sardinha).

El pintor alemán Anselm Kiefer lo definió bien cuando dijo, con ironía: «El arte… se trata de hacer la vida más vivible». Así de sencillo.

Pero ¿qué tiene el arte que lo hace tan esencial para la vida?

Como fan de Star Trek, me gusta comparar el arte con el transportador definitivo. Para quienes no tienen la suerte de ser trekkies (¡nunca es tarde!), el transportador era un aparato que teletransportaba a la tripulación de la nave Enterprise directamente a un planeta o a otra nave. Se desmaterializaban en un lugar y se rematerializaban en otro.

Pues bien, el arte es un transportador que no teletransporta mi cuerpo, sino mi mente, a otro espacio. El arte me calma y me centra. Las distracciones desaparecen cuando miro un buen cuadro. Se me pone la piel de gallina ante una gran obra de arte, me quedo boquiabierto, puedo llegar a emocionarme hasta las lágrimas. El arte silencia mi «mente de mono». De hecho, valoro el arte por su capacidad de asombrarme y de aquietar al mono que se empeña en saltar dentro de mi cabeza todo el día (y en las noches de insomnio).

Y cuando mi mente se calla, estoy en otro planeta. Las cosas que me eran familiares adquieren un aspecto nuevo, como si nunca las hubiera visto. Descubro en ellas nuevos detalles.

¿Y no es eso de lo que se trata la alegría de existir? Descubrir cosas nuevas, explorar extraños mundos nuevos, llegar adonde nadie ha llegado jamás. O simplemente no sentir el peso de los problemas y las nimiedades de cada día. Estar rodeado de belleza y de sentido. Todo esto nos lo da el arte.

Más allá de su impacto personal, el arte desempeña un papel vital en la formación y el enriquecimiento de la sociedad. Es un depositario del patrimonio cultural, que preserva y transmite de generación en generación las experiencias, los valores y las tradiciones colectivas de una sociedad. A través del arte comprendemos mejor el pasado, el presente y el futuro, lo que nos permite entender las complejidades de la naturaleza humana y la dinámica del cambio social.

El arte también actúa como catalizador del diálogo y la transformación social. Ofrece un espacio para desafiar normas, cuestionar supuestos y abrir conversaciones sobre cuestiones cruciales. De las injusticias sociales a las preocupaciones medioambientales, el arte puede amplificar voces marginadas e inspirar la acción colectiva.

El arte es un pegamento que mantiene unidas a las sociedades y conecta a sociedades distintas, porque trasciende las barreras del idioma, la cultura y la geografía, y ofrece un lenguaje universal que une a personas de todos los ámbitos. Habla de las experiencias humanas comunes del amor, la pérdida, la alegría, la tristeza y la esperanza, más allá de los límites de la comunicación hablada o escrita. Al acercarnos al arte, emprendemos un viaje de autoconocimiento y encontramos emociones y experiencias que reflejan las nuestras. Esa resonancia compartida fomenta la empatía y la comprensión, y nos permite conectar con los demás a un nivel más profundo. El poder del arte para tender puentes y fomentar la conexión humana se hace evidente en los innumerables movimientos que, a lo largo de la historia, han utilizado el arte como herramienta de cambio social y político.

Por eso el arte es esencial.